Cuatro reflexiones para la Semana Santa

  • Cuatro reflexiones para la Semana Santa

SUS HERIDAS NOS CURARON

JUEVES SANTO

La mesa de la fraterna solidaridad

El Jueves Santo evoca un acontecimiento histórico singular. Jesús de Nazaret, a las puertas mismas de consumar su vida, celebra la "última cena" con sus discípulos, al tiempo que la espada de Damocles de la traición y el abandono se cernía sobre su cabeza. Pero lo decisivo de aquella noche no fue el hecho de que un grupo de personas se reuniesen para celebrar la Pascua (el "paso" de Dios), sino el gesto sencillo, profundamente significativo, del pan que se parte y se comparte, y del vino que alegra el corazón y es signo de amistad. De este modo, lo cotidiano, el compartir la mesa, se convertía en experiencia profunda y mística de comunión con el Dios del amor.

VIERNES SANTO

Tarde negra, profundo misterio a adorar

Montaña negra, donde abunda la muerte pero mucho más la Vida, donde se enseñorea el odio y la traición pero mucho más el Amor, porque es verdad que, como Cristo, han muerto muchos condenados, y es verdad que, como Cristo, han sufrido muchos agonizantes, pero es mucha más verdad que, como Cristo, no ha habido jamás ni un solo ser humano que haya entregado su Vida por Amor al enemigo.

SÁBADO SANTO

Fiesta del silencio meditativo y expectante

El Sábado Santo es el día de la celebración íntima del corazón. Es el día del silencio, de la reflexión y profundización, para contemplar. Es el día del despojamiento litúrgico. Callan las campanas y el órgano. El altar está desnudo; el sagrario, abierto y vacío. Es el día de la ausencia del Señor. El Esposo ha sido arrebatado. El Señor ha ocultado su rostro, ha sustraído su presencia, está ausente, está mistéricamente muerto. Él que es el Verbo, la Palabra, está callado. Pero es un silencio que se puede llamar plenitud de la palabra. Día realmente de dolor, de soledad, de reposo, pero de esperanza confiada en que Cristo ascenderá de nuevo a la vida.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Testigos de vida y esperanza

No puede haber mayor alegría que descubrir que Dios ha resucitado a Jesús, que Cristo ha salido victorioso de la muerte y que vive ya para siempre. No sólo celebramos la resurrección de Cristo, también la nuestra. La muerte ya no tiene la última palabra, pase lo que pase estamos resucitados. Si la muerte no tiene la última palabra, menos aún muchas de las situaciones o circunstancias que nos angustian y tememos. Experimentar esto tiene como consecuencia que la alegría profunda y verdadera ha de ser característica de nuestra vida.

No puede haber experiencia más gozosa que ser y saber que somos hijos de Dios. El inmerecido don que Dios nos ha concedido de ser testigos de la resurrección de Cristo ilumina con intensidad la vida personal, y esa luz transforma nuestra existencia, capacitándonos para comunicar a otros el cambio operado en nuestra vida, porque "de la abundancia del corazón habla la boca", según nos recuerda la Escritura.

Fuente: https://www.vidanuevadigital.com/archivo/cuatro-reflexiones-para-la-semana-santa/

El Autor